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El enfrentamiento entre hindúes y musulmanes golpea de manera desigual a dos mujeres en la India.

El canto de los corazones rebeldes -2025- Thirty Umrigar

La determinación de Meena para entregarse a un amor riesgoso, vetado por años de tradiciones, avivará los sentimientos aletargados de Smita.

Sobre estas dos mujeres chorrea la confrontación pétrea, entre hindúes y musulmanes, que sigue tiznando la India.

Thirty Umrigar, la autora, nació en la India, creció en un entorno favorecido; se formó en un medio secular y plural. Los años setenta, periodo de gran trasiego político en su país, marcaron su conciencia social, incrustada en toda su obra posterior.

Emigró a Estados Unidos y allí completó sus estudios, iniciados en la universidad de Bombay. Durante casi dos décadas trabajó como periodista en medios estadounidenses, comenzó su carrera literaria bastante más tarde, en 2001.

Esta novela se encuentra muy atada al género periodístico, probablemente la condición profesional de su creadora lo explica. Florece en ella un deseo de reivindicar la situación, de extrema degradación, de la mujer en determinadas áreas de la India y florece también cierto anhelo por mostrar otras caras de su país natal. Vivir en otro lugar le procura una perspectiva muy certera, le ayuda a captar diferencias y similitudes.

Todo lo vierte en forma de sencillas reflexiones entre las líneas de esta ficción, surgida -según sus propias palabras- de recuerdos familiares y de la lectura de los artículos de la periodista Ellen Barry sobre las opresivas condiciones de vida de las mujeres en zonas de la India rural. En unas notas personales, al final del libro, Thirty Umrigar asegura que aunque había vivido en la India hasta los 21 años, su posición privilegiada le impidió palpar las injusticias que embarraban aquella tierra.

………………

La novela se abre con un artículo de contenido atroz. Lo ha publicado la periodista estadounidense Shannon Carpenter, corresponsal en el sur de Asia para su periódico. Lo tituló “Mujer hindú denuncia a sus hermanos tras el asesinato de su marido musulmán”.

Meena se atrevió a romper todas las barreras entre hindúes y musulmanes al enamorarse de Abdul. Con él vivió los cuatro meses más felices de su pequeña vida.

Sus hermanos le prendieron fuego a la cabaña de la pareja, tenían que castigar la osada huida de la hermana para casarse con un musulmán. Contaban con la anuencia tanto de la policía de aquella zona como del jefe de la aldea.

La terca confrontación entre hindúes y musulmanes en el país, permea esta ficción. Aunque la Constitución india garantice la libertad de culto, los musulmanes se hallan cada vez más marginados, en todos los ámbitos, por los nacionalistas hindúes, en el poder.

Una mujer como Meena no tenía ningún poder de decisión, su familia escogía por ella. Los hermanos tenían derecho a vengar el deshonor que para ellos suponía un matrimonio interreligioso. La impunidad de los hombres es real.

Alentada por una abogada especializada y militante, se atrevió a pedir al juez que se reabriera el caso, no podía aceptar que aquello quedara como si hubiera sido un accidente. Denunció a sus hermanos para que su marido recibiera justicia.

Shannon, la creadora del artículo que abre la novela está en el hospital, se ha roto la cadera y no va a poder cubrir la noticia del veredicto. Llama a su amiga Smita Agarwal, periodista como ella, que disfrutaba de sus vacaciones en las Maldivas. Acude sin pensarlo porque cree que se lo debe a su amiga. Creía que su tarea sería ocuparse de ayudarla en su recuperación, ignoraba que tendría que internarse en el tejido de esa tierra, continuando el trabajo de investigación de la amiga enferma, “lidiar con todo lo que detestaba de su país: sus conflictos religiosos, su conservadurismo y la forma en la que trataba a las mujeres.

La India era un lugar que había evitado durante toda su vida adulta. La razón se va a convertir en un gran enigma durante casi todo el libro. Van cayendo indicios desde el comienzo; nació allí, pero a los catorce años se trasladó con su familia a Estados Unidos. Algo sucedió un día de 1996. Han pasado alrededor de veinte años.

Smita llevaba en su maleta la idea de una India atrasada y pobre, aunque no solo, también recordaba su hospitalidad, como la había visto en sus padres. El poderoso país donde vivía, sus modos y costumbres, le habían inoculado esa imagen más negativa, pero su estancia imprevista metamorfoseará esa figuración. Curiosamente transformará también el concepto de país que tenía el amigo indio de Shannon, Mohan, que le facilitará la logística mientras la joven esté moviéndose por aquel terreno para seguir su propósito.

Ni la India era solo “un país fosilizado, con sus castas, sus clases sociales y su intolerancia religiosa” ni Estados Unidos se presenta en exclusiva como ese lugar idílico al que muchos miran, y no solo desde la India.

Smita escribe varios artículos y lucha por servir de ayuda a Meena. Pero esta contribuirá, sin saberlo, a desabrochar el corsé que aprieta la existencia de la joven americana, en su Brooklin de glamour, con sus amigas, protegidas todas por una vida acomodada.

Smita, sin duda, cuenta con más privilegios que Meena, aunque mientras esta última toca la vida sin protegerse las manos, y toca todo lo que tienta -a veces ortigas-; la otra usa guantes que le impiden sentir lo que roza.

A Thirty Umrigar se le va un poquito la mano sensiblera en los capítulos finales. Pero es también un bálsamo reconfortante después de algunos de los pasajes que preceden.

En esas líneas finales, que son una especie de confesión de la autora, se lee esta duda sincera: “La novela plantea la pregunta de si es posible amar un país cuando te avergüenzas de su política y sus costumbres.” Ella asegura estar ante este dilema.

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