Comerás flores -2025- Lucía Solla Sobral
Con demasiada frecuencia sabemos de historias de parejas donde uno se adueña del espacio vital del otro. Una situación que acorrala a mujeres en cualquier esquina de nuestros entornos. Esta novela es un perfecto retrato de una de ellas. Empuñando palabras la autora busca desenredar los hilos que inmovilizaron a su protagonista.
Podrías reconocer tu relación tóxica mientras lees, pero nos encontramos lejos de la pura autoayuda.
La autora ha recorrido nuestra realidad con el espejo de Stendhal y ha recogido, de manera muy vívida, el reflejo de una relación enfangada por la prepotencia de él, por sus atropellos.
Confiando en los brillos que se pueden arrancar a la escritura, Lucía Solla Sobral se ha internado entre los recodos más apartados de una convivencia nociva y ha conseguido aclarar las oscuras sendas por las que discurren las vivencias de los personajes, muestra de lo que sucede en la realidad. Es como si hubiera aplicado una lente de aumento sobre detalles, solo aparentemente, nimios, que se convierten en aberraciones, en monstruosidades, cuando se descubre su naturaleza exacta.
“Para las que todavía estáis en un coche a doscientos kilómetros por hora”. Una dedicatoria enigmática inicia el libro; quedará desvelada a lo largo de sus páginas.
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“Tengo una pregunta atravesada: ¿Y qué hacía una chica como tú con un hombre como él?” Casi al final del libro este breve texto con esa pregunta, que bulle en la cabeza del que lee desde el primer momento. La respuesta es la propia novela.
No es el único texto breve que nos encontramos en la novela. Aparecen algunos más, concretamente siete, que poseen en común estar introducidos por el verbo “tener”, en la mayoría la primera persona del presente “tengo”. Hitos narrativos, se intercalan a lo largo de todas estas páginas, mezclados con fragmentos de mayor extensión. Piedras que hacen de pasaderas por las que vamos atravesando el rio de este relato. Porque no se trata de una corriente que se cruce con facilidad, con agrado. El de los malos tratos es un tema que nos repele. La autora se ha atrevido a darle visibilidad en su obra.
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Ha muerto su padre, y Marina tiene que ducharse; ha muerto su padre, y tiene que sacar a su perra a hacer pis; ha muerto su padre, y tiene que comprar el pan “exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo”. Hasta muchos meses después no fue capaz de decir muerto, lo resolvía con no está, se fue, nos dejó. Aunque esperada, esa muerte la dejó deshilvanada. Al final nos damos cuenta.
Lo ve, está en la mesa de al lado. Trata de ignorarlo, “pero me estaba llenando la piel de arañitas rojas.”
La relación que se inicia entre Marina y Jaime se va dibujar desajustada, está empapada en la manipulación emocional masculina. La protagonista se va ahogando en una relación posesiva y nos va ofreciendo un texto que indaga y examina, sin reserva, lo que la atraviesa. Ayuda también a conocer y a conocernos, cuando leemos estas páginas.
El contenido de la obra brinda pocas sorpresas, esta relación malsana sigue paso a paso lo que sabemos, demasiadas veces, repetido en la realidad. Lucía Solla Sobral no inventa nada, ella solo resalta, lo que muchas veces no queremos ver, aunque lo tengamos ahí al lado. Jaime, con embaucamiento, se va adueñando de la voluntad de ella. Sustituye sus costumbres y hasta sus hábitos de comidas, los remplaza por los suyos propios, mejores, más sofisticados, sin duda. Ella, deslumbrada, no se plantea otra reacción que claudicar ante él, volverse pequeñita, convertirse en su juguete.
Marina se borra poco a poco, vive pendiente de la aprobación de él. Se oculta para mirar el móvil, cuando está con los amigos de siempre. Cree que sigue divirtiéndose con ellos, pero la enorme sombra de Jaime lo ennegrece todo. Llega a conseguir que se aparte de las amistades con las que tanto disfrutaba, incluso de su mejor amiga.
Leer esta novela puede servir de ayuda para desbrozar nuestra vida.
“Y llegó la pena, una pena larga y chiclosa que se pegó primero a un dedo y luego al otro y lo manchó todo de alioli. Una pena mala, fea, sucia, sin dientes, como mi boca en sueños, una pena que se me pegó al esternón como se me pega todo lo que me hace llorar, una pena que corre de una punta a otra de una punta a otra de una punta a otra como la hipnosis de un reloj de bolsillo, una pena propia que podría se dócil o de terciopelo pero que era una pena fina como un sedal. Una pena dura como un sedal. No podía más. No podía más.”
Estas frases representan una etapa perfectamente identificable también en estos amores falsos, el maltratador se ha adueñando de la víctima, se ha extendido sobre ella como una mancha de aceite. Ella es consciente, pero no actúa, no puede, no sabe: tiene dudas, miedo, vergüenza. Eso mismo le sucede a las víctimas reales.
A su perra, sin embargo, no la engañó: “A Frida le compró una cama, aunque, cada vez que estábamos juntos en el sofá, Frida le gruñía y se acurrucaba entre mis piernas.” Y no es la única vez que le muestra su desazón.
Él parece moverse más por egolatría que por pura maldad. Viene primero complaciente, poco a poco adopta una conducta de control y aislamiento sobre ella. Muchas veces estos hombres son damnificados de la inseguridad generada tras un nefasto aprendizaje personal.
Jaime es mentiroso, irascible, jactancioso, narcisista; su trabajo lo envanece, consiste en crear realidades vacías, falsas, para cumpleaños, bodas y otros eventos. Tiene una baja tolerancia a la frustración; le gusta sentir que detenta el poder sobre Marina, puede dejarle de hablar a su capricho, irse de casa y estar sin volver durante días o poner el coche a una velocidad suicida solo para sentir su poder.
Un tic muy significativo lo adereza, de forma repetitiva le coloca a la joven un mechón de pelo por detrás de la oreja.
Lucía Solla Sobral muestra su pericia como escritora, y su valor como persona, porque se arriesga con un tema escabroso y demasiado frecuente: el maltrato; convirtiéndolo en tema de su novela lo denuncia.