¡Vivir! -1993- Yu Hua
¡Vivir! Este título, con el verbo vivir entre exclamaciones, sugiere un grito de dolor entrechocando con un grito de gozo. Porque eso es vivir, pesar y regocijo. Aunque ambos sentimientos se acercan hasta nosotros en desequilibrio; jamás acuden a partes iguales ni en proporciones justas.
La vida se nos viene, empujada por un azar antojadizo.
Cubierto con un sombrero de paja, el narrador que nos presenta este relato recorría campos y aldeas buscando historias, aprendiendo canciones; disfrutando de las pequeñas cosas, como una quieta tarde de charla en un melonar o la contemplación, cuando el sol caía, de la puerta de una casa rociada con el agua del pozo para asentar el polvo.
Este hombre se movía por una zona amplia sin repetir territorios, pero, si alguna vez volvía a alguna de aquellas aldeas, el alborozo de los niños lo precedía; había llegado el hombre que sabía contar historias, cantar canciones -gritaban contentos-. Era curioso, ninguna le pertenecía, todas las había aprendido de ellos, con ellos -se decía a sí mismo-.
Esta novela contiene una de estas crónicas, la de Fugui. Al acercarnos a esta lectura nos convertimos en uno de los moradores de aquellos terruños, que recibían alegres sus narraciones. En el hueco de nuestras manos ha caído uno de esos relatos.
Cuando se encontró con Fugui acababa de entrar el verano. Él dormitaba bajo un árbol y escuchó una voz anciana, trataba de convencer a un viejo buey para que volviera al trabajo. Argumentaba con la idea de que arar era función de un buey, como era la de un perro vigilar, de un monje mendigar, de un gallo anunciar la mañana o de una mujer tejer. Eso le contaba al animal.
Esto mismo será la vida para Fugui, mantenerse en la senda impuesta por la costumbre. Quizás esto sea también la vida para la mayoría de nosotros.
Cuando el buey comenzó a dar nuevas señas de lentitud, Fugui le gritó llamándolo con cinco maneras. ¿Cómo iba a ser posible que el animal tuviera tantos nombres? -se preguntaba el narrador-. La realidad era -según le explicó Fugui- que no quería que el bóvibo supiera que trabajaba solo, por eso lo llamaba de forma tan variada; así sacaría fuerzas de flaqueza para reanudar la tarea, al sentirse acompañado.
Este sentimiento alcanzaba también a Fugui, es más fácil surcar los campos de la existencia, cuando sabes que no estás solo en el vivir, que todos estamos enganchados a las mismas coyunturas. Todas las vidas, una vida.
“Luego el anciano se sentó bajo un árbol frondoso. En esa tarde saturada de sol, me contó su vida.”
Lo que iba a relatar era una sarta de cuentas, cosidas por el hilo negro de infortunio y el hilo claro de la dicha. Se nos quedan más en la mente las primeras.
…………..
Detrás de su relato se transparenta la historia reciente de China, observada con cierto humor y mucha ironía, desde la diminuta atalaya de aquel hombre.
Inició su vida en la opulencia, con su padre amo y señor de las tierras que habitaban. A él su criado Changgen lo llevaba a la escuela a cuestas. Poco a poco fue perdiendo toda fortuna familiar en el juego y los prostíbulos. Cuando cuenta, Fugui va dejando caer pequeñas anticipaciones que acrecientan nuestro interés por lo que está por venir en su historia.
La vida está hecha de momentos, la de Fugui también. A veces nos resultan duros, como cuando patea a su mujer, embarazada, que después de días sin saber de él, va a buscarlo a la Casa Verde, donde tiraba la fortuna familiar con los dados. “Cuando lo pienso ahora, se me rompe el corazón”. También nos lo rompe a nosotros. Ruin, cobarde y hasta idiota; le amañaban las partidas para que perdiera.
La bancarrota acarreó la muerte de su padre, que no había sido mucho mejor que él de joven. Se vieron obligados a abandonar la casa donde había nacido y a ocupar un chamizo con su madre y su hija Fengxia, de pocos años, que era como una pequeña luz, siempre estaba contenta y siempre despertará nuestro cariño a lo largo de las páginas. A la esposa, Jiazhen, se la llevó su padre, que no quería ver a su hija con aquel marido.
“Su narración me atrapó con fuerza, como las garras de un ave aferran una rama.” Eso escribía el juglar que conoció a Fugui aquella tarde calurosa. A nosotros también nos va a apresar sus vivencias.
Una familia tan unida había quedado “destrozada como un cántaro de barro hecho pedazos.”
Alquiló unas pocas tierras y, solo, imitando a los otros campesinos, llegó a sacarles algún fruto. La presencia de su pequeña Fengxia le serviría siempre de acicate.
Una vida dura y cansada, que le había conseguido la paz. Cambió la seda de su ropa por algodón basto, pero al poco tiempo lo llevó con gusto. Uno se acostumbra a todo.
Jiazhen, su esposa, volvió con el pequeño Jouqin ya con seis meses. La familia estaba junta de nuevo.
Cuando todo parecía encarrilado, fue reclutado a la fuerza para la guerra en el bando nacionalista, que combatían al Partido Comunista. Yu Hua, el autor, dibuja una guerra de las de Gila, pero con unas pinceladas cáusticas. Se yerguen la incompetencia, el cinismo, la corrupción; y por encima de todo el desprecio hacia el pobre soldado, que solo cuenta con sus escasos recursos para defenderse.
Le permitieron volver a casa, y pensaba que la segunda mitad de su vida sería mejor. Pero nada podía asegurarse, no cae la suerte de manera equilibrada, la vida sigue siempre imprevisible. Y nos mueve Yu Hua desde la pesadumbre de ver a un niño ir a la escuela con los zapatos en la mano para no gastarlos o desde el dolor de muertes absurdas, hasta el gozo de estar por lo menos juntos y tranquilos, en la medianía de la existencia.
Muchos de los eventos de la vida de Fugui pudieron depender de él, de las elecciones que hubiera hecho; otras -como en cada uno de nosotros- quedaban vinculadas a circunstancias que escapaban a su manejo, porque eran de ámbito político, social e incluso geográfico. Como cuando llegaron las comunas populares con sus exigencias, muchas veces irrisorias, como romper todas las ollas de las casas y obligar a la gente a comer en la cantina, para después, cuando aquello ya no era posible, conminar a la población a comprar nuevas ollas.
“─No le peguéis más ─les dije.
─¿No sabes quién es este? ─dijo uno [representante de la Joven Guardia Roja] señalándolo─ ¡El antiguo jefe del distrito! ¡Un dirigente seguidor del capitalismo!
─Yo [Fugui] no sé nada de eso ─dije─ solo sé que es Chunsheng.”
Era su amigo.
Una vida fluctúa desde el pesar hasta el contento. Por eso este libro es una invitación a la vida, aunque esta a veces se tuerza: Vivir es seguir caminando aunque no veamos ninguna senda al frente.