La muerte ajena -2025- Claudia Piñeiro
Una Argentina que se precipita por cielos inciertos, reflejo de un mundo que va cayendo también hacia lo imprevisible.
Claudia Piñeiro desea mostrar la verdad de su entorno, los personajes de La muerte ajena caminan por las mismas aceras bonaerenses que ella. Busca despertar nuestra alerta constante sobre el marco que nos contiene.
Una joven ha caído al vacío desde el balcón del apartamento de un personaje influyente en el país.
Un caso para la policía, parece. Pero no, aquí no somos testigos de ninguna investigación. La autora no parte del género negro, más bien este molde literario se encuentra con su escritura, porque su trama y sus personajes surgen de circunstancias oscuras; su argumento se encuentra alejado del canon de la investigación y resolución de un crimen.
El libro cuenta con tres partes que se acoplan en un perfecto engranaje: la novela, de autora novel, Hermanas; Los peculiares, materiales para un documental; La niña de la bañera, una indagación personal, muy necesaria.
Los tres fragmentos tienen a la víctima, sus circunstancias y su penoso accidente en la base de sus producciones, pero en cada uno se extrae una verdad distinta de los hechos, la propia, la que va a favorecer los propios intereses. Este saliente de la novela evidencia esa desazón sofocante de nuestro tiempo, no sabemos quién nos está diciendo lo cierto, en medio de la moda de la falsa noticia, ajustada al provecho de quien la inventa.
“Los hechos dejaron de ser lo que sucedió para convertirse en lo que nos cuentan que sucedió. O aquello que elegimos entre las muchas versiones de lo que podría ser.”
Así reflexiona unos de los personajes principales, Verónica Balda, periodista prestigiosa. Comparte protagonismo con Pablo Ferrer, su marido, y con Leticia Zambrano, con la que colaboró en sus comienzos profesionales, en prensa escrita. Ahora Verónica está en la radio, dirige un exitoso programa mañanero. Continúa siendo una profesional escrupulosa; jamás va a dar una noticia si no tiene precisiones suficientes, necesita contrastar los datos, verificar las fuentes. En este caso concreto nunca diría que la joven cayó desnuda, no le interesa el morbo, que tanto vende. Su firma es garantía, algo que sucede cada vez menos en las redacciones. Se muestra desengañada con el periodismo, banalizado y comprable, de los nuevos tiempos. Su querida profesión, sostén de su vida, hace aguas en estos momentos inestables en que nos movemos.
Vamos acumulando datos según vamos leyendo; la víctima, Juliana Gutiérrez, es hermana de Verónica Balda, una hermana que no conoció. Su padre se fue de casa cuando ella tenía 15 años y formó una nueva familia, la accidentada fue su segunda hija.
Esta joven de veintitrés años se movía en el mundo de la prostitución de lujo, una escort. Claudia Piñeiro nos deja algunas ideas sobre esta vieja práctica, sus dudas frente a abolicionismo o regularización, todavía parece que le faltan argumentos para optar entre condena o tolerancia. El personaje de Juliana puntualiza: “Para algunos sólo vale hablar de dignidad en el trabajo sexual.”
Todas estas opciones revolotean en nuestra cabeza tras la lectura. Para esto sirve también la literatura, asomarnos a otras experiencias, a otros mundos, a nosotros mismos.
La escort se codeaba con grandes señorones, de esos que manejan la política y el mundo desde sus madrigueras, moviendo los hilos de partidos ultramontanos. Para ellos, “Juliana y otras mujeres no eran personas, sino objetos de consumo descartables”. La chica descubrió sus manejos y husmeó en ellos. Acumuló materiales valiosos, pensaba en su hermana, una periodista como ella sabría qué hacer con todo aquello.
Pero aquella información llegó antes a manos de Leticia Zambrano y Pablo Ferrer. La primera extrajo lo que le interesaba de aquel material y lo convirtió en novela primeriza, una especie de excusa o aclaración que le debía a Verónica. ¿Una pulla a periodistas que hacen incursión en literatura? El marido le dio la vuelta a toda aquella documentación, eliminó lo que no le convenía y la transformó, sin ningún escrúpulo, en una novela comercial. La muerte ajena se adentra en el terreno de la metaliteratura y muestra la escritura desde dentro. Juliana peleaba por que la verdad se abriera camino, a Pablo solo le importaba la vanidad del triunfo, así dice: “Pero ¿a quién le importa hoy la verdad cuando se trata de contar una historia?, ¿a quién le importa la verdad, a secas?”
¡Qué buenos son los personajes que crea!
“Por lo que haya sido, y sin lugar a duda, la investigación de esa chica carente de conocimientos periodísticos era infinitamente más interesante que la novela de Leticia Zambrano.” Así opina Pablo Ferrer. Él trabaja desarrollando habilidades creativas en escritores nuevos, y estas líneas recogen su análisis sobre la obra de la periodista. Cuando empiezas a leer y te topas con ese primer texto, puedes tener la impresión de que la novela de Piñeiro no va a ser buena, que no tiene la fuerza suficiente; pero cuando llegas a las partes segunda y tercera, la escritura da un salto y se alza hacia lo más alto. Claudia Piñeiro empieza con un tono bajo la obra, porque debe mostrarse coherente, es la redacción de alguien con poca experiencia en la ficción.
Al principio para Verónica esta muerte es ajena, pero según va adentrándose en los detalles, empieza a hacerse muy cercana. La desaparición de una prostituta es ajena para muchos, quizás Claudia Piñeiro ha pretendido acercarla.
Todavía quedan muchos pliegues que ir abriendo en la novela, muchos ecos de noticias recientes, de allá y de aquí, quedan flotando en el espacio de la lectura.
“«Qué pena lo de tu novio sueco, una muerte absurda, de las que podrían haberse evitado [bien lo sabía él, pringado en desapariciones durante la dictadura], ¿no te parece?». No pude responder, se acercó a darme un beso que impactó demasiado cerca de mis labios”.