Cartas desde París -2025- María Dolores Olgado
Una novela escrita con la piel, un texto que se siente, que late porque está vivo.
Pinta la Guerra Civil española con un lápiz de mesura y dolor.
La vida, una mancha de imprevisibilidad. En las últimas páginas este lamento: “–¡Teresa!- dijo Andrés reteniendo su mano y mirándola fijamente, ¿qué habría pasado si no hubiera cogido aquel tren?”
El azar nos decide, vamos dejando detrás de cada elección que hacemos un número infinito de vidas que no se usarán.
Cuando abrimos el libro, Andrés ha muerto, Teresa lo llora desconsolada. Nos asomamos al pozo de lo que ya queda atrás y descubrimos que aquel tren había partido de un pequeño pueblo de Cáceres. Iba cargado con cerca de cuatrocientas ovejas, su destino era Madrid. Allí Andrés debía vender su ganado y volver con el dinero para el sustento familiar. Teresa, su esposa, no quería que se alejara del pueblo, corrían tiempos revueltos. Pero él se empeñaba, insistía porque creía tener razón, el arrendamiento de las cercas para los animales y el forraje para su alimento restaban, cada día que pasaba, un poco más a las ganancias que obtendría si las vendía.
El convoy llegó a Madrid el 18 de julio de 1936.
Corretean ahora por el libro un amor aliñado con firmeza y la guerra, que juguetea con las personas como hace un gato con el ratón que acaba de capturar. Teresa en un pequeño pueblo de la zona nacional y Andrés en un Madrid republicano.
Los días posteriores a su llegada, Andrés rodó desconsolado por las calles de Madrid, en el aire se respiraba “un odio viejo” contra los gobiernos opresores que precedieron, ardían iglesias. En el pueblo extremeño comienzan a llenarse las cunetas de los caídos junto a las tapias del cementerio, se despiertan y se duermen con delaciones que muchas veces son solo venganzas. Los atropellos no son exclusivos de una u otra zona, son la consecuencia de la guerra.
Una narradora omnisciente nos va dejando caer, en paralelo, las vidas difíciles de los dos en los espacios que les adjudicó el destino. La guerra como la lava va corriendo y entra en los corazones de la gente y los lugares, borrando; arrasando, lo que había.
Soldados y civiles representan pequeñas fichas de una partida que las autoridades juegan. Nada diferenciaba esta contienda de tantas padecidas por la humanidad durante siglos: “Todas las guerras eran una misma contienda interrumpida apenas por unos periodos de paz.” María Dolores Olgado evoca la Troya de Homero y arrima a Ulises y a Andrés. Los dos iniciaron un viaje a lo desconocido, aupados en el esfuerzo, mientras guardaban el anhelo de la vuelta a casa.
Los combates, las estrategias, las decisiones políticas son aquí un simple murmullo lejano y doloroso; lo que realmente cuenta esta novela es la manera en que todo aquello abrasó las vidas de Andrés, de Teresa y de sus próximos.
Trescientos cincuenta kilómetros los separaban, pero Andrés “se reconfortaba pensando que ella estaba allí aunque no pudiera verla, al otro lado del frío y la soledad, al otro lado de los bombardeos, al otro lado de la impotencia y el desaliento, al otro lado de la montaña de cadáveres.”
Al principio vivirán la angustia de cinco meses sin noticia el uno de la otra, los dos territorios permanecerán incomunicados hasta el final. El cariño sirve de barrera al desánimo. Pero su desamparo se iba a acabar, porque hasta en la guerra se pueden encontrar hebras menudas de luz, y las personas sabemos agarrarnos fuerte a cualquier esperanza. Andrés, voluntario en un hospital, se convirtió en el apoyo de un brigadista francés en dificultades, y Pierre Leduc le correspondería facilitando la correspondencia con Teresa. Enviarían las cartas de Andrés a París y desde allí su familia las remitiría al pueblo.
Las misivas unirían a la pareja de nuevo, serían el apoyo que necesitaban para superar sus dificultades, para aliviar aquel sinsentido que se les había echado encima. Nunca apuraban la amargura en los escritos, se guardaban una parte de lo que les rodeaba para no entristecer demasiado al otro. Pero nosotros sí somos testigos de cada detalle porque está esa narración omnisciente que completa las cartas.
Los capítulos van identificados por fechas, desde ese julio del 1936 hasta junio del 1941. En esa cronología lineal se insertan retales de la vida anterior de la pareja, que la contienda cortó de raíz. Todo queda estructurado con acierto, la información va cayendo medida. La agilidad de la narración en algunos momentos -tanta que te llegas a creer en un relato de aventuras- se combina con el reposo de la reflexión en muchos otros.
María Dolores escribe con contención, no deja que el sentimentalismo, ni tampoco el pensamiento radical enturbie su discurso. El libro me parece un tributo al amor de esta pareja y un tributo mayor, a través del magnífico personaje de Teresa, a las mujeres que durante la guerra, y después, en la posguerra, y hoy se han vestido de fuertes y han tenido que dejar escondidos bajo siete llaves los ropajes de la debilidad.
Así lo vemos en el final: la vida siempre sigue fluyendo. Aunque haya encontrado un escollo, busca el modo de continuar su camino.
Cada lector encontrará sus rinconcitos en el texto y construirá su propia novela.