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Cuidar una planta de maíz puede ser un aliciente de vida.

Días, mese, años -2019- Yan Lianke

Envuelta en lenguaje poético, Yian Lianke nos confía la historia de un anciano que se queda solo en su aldea, cuidando de la única planta de maíz que ha brotado en medio de una gran sequía.

La novela habla sobre la importancia de tener un objetivo, aunque parezca sencillo, que impulse nuestra vida y sobre la capacidad de resistencia del ser humano.

…………….

El desasosiego se había metido en la piel de la aldea en ese verano seco, el trigo se había abrasado en el campo y la aridez se había adueñado de las tierras.

La sequía se prolongó hasta el otoño, entonces nubes negras se señorearon en el cielo. Al verlas, la euforia y la ansiedad los envolvió a todos, mujeres, hombres, niños, viejos; hasta sus animales se contagiaron de aquel entusiasmo inquieto, había llegado la siembra de otoño.

“¡El Cielo nos ordena sembrar!”. Aquella gente que vivía, y que había vivido desde siempre, rozándose con la tierra, tenían su vida pautada por la naturaleza.

Pero la ansiada lluvia nunca llegó y la aldea se fue vaciando poco a poco, todos emprendían el camino incierto de la emigración, con la esperanza hecha añicos.

Dejaban su sierra de Balou para encaminarse hacia el este, hacia Xuzhou, “allí se vive bien”. Aunque aquello significaba también un camino hacia la incertidumbre teñida de desarraigo, porque rompían los lazos con el que siempre había sido su espacio vital.

El anciano, nuestro bien diseñado protagonista, esperó al último grupo de los que partían, le costaba despegarse de su hogar.

Ya en ruta, al pasar a la altura de su parcela, el hombre descubrió que, a pesar de la falta de agua, le había brotado un tallo de maíz.  Encontró en aquel retoño la excusa para quedarse. De todos modos, les aseguraba a los demás, en pocos días de dura marcha las fuerzas le abandonarían y, como consecuencia, moriría alejado de su tierra. Decidió quedarse sobre aquel suelo, que le daba identidad, que había sido el de sus ancestros, cuidando de ese brote con ilusión.

El grano que él iba a extraer de aquella mazorca serviría de simiente para los demás, cuando volvieran. Llegaría el día en que sus montañas volverían a lucir el verde de siempre. El anciano se iba a convertir en el hilo invisible que mantendría atados a los que partieron con el territorio que dejaban atrás. Se iba a convertir en el guardián de un legado de siglos

Conservar la planta con vida sería un acicate revitalizador para el día a día de aquel hombre en el último tramo de su existencia. Todas las vidas, por sencillas que sean, necesitan de metas para mantenerse en pie.

Cada mañana al levantarse el anciano sabía que tenía que procurar alimento para la planta, para él y para su perro. No era sencillo en aquellas circunstancias, pero él no desfallecía.

Tenía un perro, era ciego y ese era también su nombre. Ciego atenuaba la profunda soledad de su amo. El autor utiliza al animal para que el anciano tenga con quién dialogar y así enriquecer al personaje con las manifestaciones que hace en sus charlas. Al acabar la jornada comentaba con el animal y con la planta los temas, sencillos, que le bullían en la cabeza. Como la absurdez aquella que en una ocasión un forastero llevó hasta la aldea: la tierra daba vueltas. Imposible, se caerían de la cama, se derramarían los líquidos de las ollas.

Poseía un discurso elemental. Añoraba la fuerza de la juventud, echaba de menos los escarceos amorosos de sus noches jóvenes. Su vida se regía con el calendario del campesino, por las costumbres del ser humano desde tiempos remotos, como procurarse cada día el alimento. Alguna vez se mostró irascible, pateando su sombrero, enfurecido porque el viento se lo había arrebatado; pateando también a su propio perro, al que en ocasiones le prodigaba las mayores muestras de cariño. Era un hombre tenaz, inagotable, quería mantener con vida la pequeña planta de maíz y se entregaba a fondo, salvará todos y cada uno de los obstáculos que se le interponen. Algo muy humano y muy real en este personaje aparece cuando le vemos fantasear con que todos sus intentos salieran bien, soñaba con unas palabras de agradecimiento de su gente, grabadas en la lápida de su tumba. Quizás Yan Lianke ha querido representar con él a la gente común, cuyas vidas no parecen tener relevancia, pero que conforman una base donde el mundo se asienta.

El autor va acomodando toda esta historia en un molde de poesía donde fusiona constantemente sensaciones que pertenecen a sentidos diferente: “En medio de un silencio sepulcral, se oía el goteo de la luz cayendo por los aleros de los tejados” o como esos “crujidos verdes y blancos”. Este tono poético contrasta con la crudeza de algunos pasajes.

Un relato bien construido, el lector acelera, necesita saber si la planta crecerá o se malogrará.

Detrás de él se vislumbran unas ideas que el autor anuda a estas páginas. Yan Lianke aparenta confrontación entre los grandes hombres, pocos, que nos mueven a todos y la gente común a la que apenas se considera. ¿No está dibujando el valor del campesinado que nos consigue el alimento a todos? ¿No trata de sensibilizarnos hacia el cambio climático? ¿No intenta ponerse del lado de sociedades rurales, ancladas en la tradición, como una alternativa al mundo acelerado en el que vivimos?

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