Anatomía de un instante -2009- Javier Cercas
Anatomía de un instante, sin ser lo único, guarda trazas del 23 de febrero; de la memoria, que deconstruye nuestro pasado real; de vidas sacudidas por el dedo de un azar que mueve desde el reconocimiento insigne hasta el infierno del descrédito.
No se detiene ahí, se adentra con una piqueta de curiosidad en los seres humanos, en todos nosotros. Es la novela del siglo XXI, según la clasificación de Cercas.
Todos los españoles, más los de cierta edad, tenemos clavadas en nuestra esencia más profunda las imágenes que se engendraron en el Congreso el 23 de febrero de 1981. La televisión, “principal fabricante de realidad a la vez que el principal fabricante de irrealidad del planeta”, se encargó de ello. Así lo expresa Javier Cercas en el prólogo de su libro.
Estas palabras subrayadas resultan útiles para mostrar el particular estilo de escritura de Cercas. Una construcción paralela, donde se incrustan dos sustantivos de significados opuestos y significantes casi idénticos (realidad e irrealidad), se te pega a los ojos y a la conciencia. Redacta con un ritmo dilatado, sus frases son largas, con extensos incisos. Es como si quisiera, como si necesitara, explicarlo, precisarlo todo. Se vale de una adjetivación afanosa y reflexiva. Utiliza mucho el punto y coma, no quiere echar la llave con el punto y seguido, necesita dejar la puerta abierta a su relato, porque una vez que ha agarrado la idea que quiere transmitir no la suelta hasta el final, aunque no sé si alguna vez se siente seguro de haberla transferido completa, siempre parecen quedarle cajones sin abrir. Recurre con frecuencia a expresiones de duda, siente que en sucesos tan complejos, igual que en la realidad más cercana, no podemos -no sabemos- asegurar que lo conocemos todo, siempre se escapa algún hilo.
En su planteamiento siempre parece flotar la ambigüedad que nos construye, al mundo y a sus procesos.
La estructura de su obra es muy firme, una geometría perfecta. Se abre con un prólogo y se cierra con un epílogo, eso es lo regular; pero subtitula el prólogo como “epílogo de una novela” y el epílogo como “prólogo de una novela”. Se puede buscar la respuesta a tal anfibología, aunque quizás no haya una sola. Quizás sea solo un acicate que nos presta el autor para cuestionar lo que leemos.
Vienen después, subdivididas todas con las mismas piezas, cinco partes, con sus títulos respectivos. En los cuatro primeros se explicitan los contenidos que siguen, no sucede lo mismo en la quinta: ¡Viva Italia!, que no se comprende hasta que no se aborda. 1, La placenta del golpe, todos los detalles de cómo se fue gestando. Así termina: “[…] diez minutos después de su inicio, el golpe del 23 de febrero había triunfado”. 2, Un golpista frente al golpe, Gutiérrez Mellado es aquí la figura principal, diana de todo el odio de sus compañeros militares, cuando antes había recibido todos los honores. Se enfrentó a los asaltantes para ganarse el indulto por haber participado en el golpe de 1936. El destino lo había unido a Suárez, eran dos hombres acabados en la política y en lo personal. Cercas se aproxima al presidente dimitido y subraya las similitudes con las de su vicepresidente en esos momentos tan poco propicios para ambos, abandonados por todos. Al final de esta parte se lee: “Y fue así como, quince minutos después de haberse iniciado, el golpe embarrancó”. 3, Un revolucionario frente al golpe, aquí ajusta el autor la mirada en Santiago Carrillo. Algo lo liga con Gutiérrez Mellado, los dos se rebelaron contra el gobierno de la República, uno en la revolución de Asturias y otro en la Guerra Civil. Los dos se arrepintieron de ese enfrentamiento en los años 70. Santiago Carrillo se dio cuenta de que debía aliarse con Suárez para que España pudiera transitar de la dictadura a la democracia. Un falangista y un comunista impulsarían los nuevos tiempos políticos. Les valió a ambos la inquina de los propios. Estas son las últimas líneas: “[…] el golpe de estado pareció empezar a desbloquearse; la realidad es que simplemente se internaba en una fase distinta”. 4, Todos los golpes del golpe, Cercas reconstruye en este pasaje las distintas aristas, las distintas capas de que se vistió. Así acaba: “Y de ese modo el golpe empezó a adentrarse en su última fase.”
La última parte, 5, ¡Viva Italia!, me parece una fracción muy humana, se refleja cómo aquel falangista sin relieve llegó a presidente. Antes de serlo fue director general de Radiotelevisión Española y “descubrió la potencia novísima de la televisión para configurar la realidad.” Por primera vez se habla de sus relaciones familiares. Un personaje de novela para Cercas, pero no de una sola, de varias, muy distintas. Establece un robusto, perspicaz, ingenioso, productivo paralelismo entre Suárez y el personaje del general De la Rovere en la película de Roberto Rossellini. “Eran las doce en punto de la mañana de un martes helado y brumoso, acababan de transcurrir las diecisiete horas y media más confusas y decisivas del último medio siglo de la historia de España y el golpe del 23 de febrero había terminado”.
Una perfecta y detallada crónica: saciante, con reflexiones penetrantes en la carne humana.
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Cada una de estas cinco partes se abre con la descripción, en cursiva, de las imágenes que recogieron las cámaras de televisión que estuvieron grabando hasta que se detuvieron, más de treinta minutos de película.
Ninguna persona de este país, que contara en 1981 más de siete años, ha olvidado dónde estaba en aquella tarde. Es cierta esta afirmación de Cercas. Refiere que hay quien afirma haber visto en directo a Tejero subirse a la tribuna. Algo imposible porque las imágenes se mostraron solo después de que el Congreso fuera liberado, “[…] algunos anteponen lo que recuerdan a lo que ocurrió.” Somos esclavos de nuestra memoria -creo-, es ella la que compone nuestro pasado, pero no siempre recoloca lo que se vivió en el orden correcto: ese ya se perdió.
Los planos de las dos cámaras fijas presentaban a tres hombres que no acataron las órdenes del asaltante, que no se echaron al suelo, que permanecieron sentados en sus escaños. Ellos tres por un lado, junto a Tejero, Milán del Bosch y Armada componen una figura de seis lados que representa el golpe, con sus dos facciones. No hay que olvidar al rey, que marca la línea divisoria entre las dos caras.
La última porción de lo grabado dejan figuras fragmentarias, inconexas; símbolo -pienso- de lo que fue el 23 de febrero de 1981. Nunca lo conoceremos del todo.
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Cercas ha mostrado aquí todo lo que se sabía, pero en realidad él no quería tanto escribir sobre el golpe como responder a una pregunta.
De entre aquellas imágenes Cercas fija su atención en la que figura de Suárez:“Viendo aquel 23 de febrero a Adolfo Suarez sentado en su escaño mientras zumbaban a su alrededor las balas en el hemiciclo desierto, me pregunté si en ese momento Suárez había sabido para siempre quién era y qué significado encerraba aquella imagen remota, suponiendo que encerrase alguno. Esta doble pregunta no me abandonó durante los días siguientes, y para intentar contestarla -o mejor dicho: para intentar formularla con precisión- decidí escribir una novela.”
En su libro El punto ciego Javier Cercas compendia su teoría sobre la novela del siglo XXI, Anatomía de un instante pertenece a este grupo. Se centran alrededor de una pregunta, como se anota en la cita precedente. Es una pregunta sin respuesta en la propia obra, el autor le pasa al lector la responsabilidad de responder. Esta novela del siglo XXI nos introduce en el desasosiego de no conocer la información, a diferencia de la novela clásica del XIX que nos lo daba todo resuelto.
La nueva novela es un medio para indagar en el mundo, de ordenarlo para comprenderlo y también en nosotros mismos. Se identifica con un género híbrido: da cabida al ensayo, la crónica periodística, la novela; quizás policiaca o histórica. Es verdad que no se acaba ahí, recorre biografías, fragmentos que como en un caleidoscopio componen formas. Cabe también la referencia personalde. Esta novela es un cincel para moldear, para explicar lo que vivimos.