Siete agujas de coser -2022- Lucía Chacón
Entras con gusto en la novela, pero enseguida te topas con unas arrugas incomodas. La autora debería haber insistido un poco más con la plancha.
Desde luego no es sencillo escalar la montaña que significa escribir una novela. Aparecen infinidad de pormenores que ajustar, y hay que ir despacio atando todos los cabos.
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“Madrid, verano de 1991
Cuando ocupé mi asiento en el avión, aún conservaba esa sonrisa tonta que se me había dibujado en la cara unas horas antes. Pagar 8.000 pesetas por exceso de equipaje y sentirme la mujer más ligera del mundo hasta me pareció divertido.”
Un comienzo alentador. ¿De dónde viene esa sonrisa? ¿Qué es eso tan pesado que se lleva con ella? Lo iremos sabiendo todo, aunque saldremos poco convencidos.
El texto arranca justo en el final de la historia y vamos hacia atrás, hasta el principio, localizado en el invierno de 1990.
La novela debuta con la cercanía de la primera persona, cuando Sara, la protagonista, en una especie de introducción, nos relata el inicio de su viaje, buscando un ansiado cambio de vida.
Unas cuantas páginas más adelante, en el primer capítulo del texto, situado un año atrás, el punto de vista es el de un narrador omnisciente.
Nos moveremos entre esas dos voces narrativas, en alguna ocasión no bien delimitadas del todo. En algún fragmento concreto cuesta comprender quién está relatando los hechos.
A 30.000 pies Sara sostiene: “[…] me di cuenta de que estamos formados por retales, que cada uno de nosotros toma y deja algo en los demás y que la trama de nuestras vidas se teje con madejas de todos los colores”.
Una primera decepción surge cuando lees, nada más empezar la obra, una reflexión como esta, simplista y poco elaborada; y que no es la única que vamos a encontrar entre estas páginas.
Las imágenes extraídas del mundo del hilo y la aguja se multiplican en el texto, la explicación está seguramente en que la autora es experta en el tema. Sus conocimientos se enredan también con la trama del libro, tenemos largos pasajes que son pura teoría de la confección que, aunque no tienen demasiado que ver con la historia, se leen con gusto porque rezuman el entusiasmo de Lucía Chacón por esa temática.
Si eres mujer y has traspasado una cierta barrera de edad, este relato posee el atractivo de conectarnos con tardes de costura, junto a nuestras madres. En ninguna casa, de hace más de cuarenta años, faltaba el embeleso de la caja, o la lata, de los hilos y botones.
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La novela está estructurada en tres partes y dividida en capítulos. En el primero ese narrador que todo lo sabe nos arrastra hacia atrás en el tiempo, a una zona acomodada de Madrid, con una localización muy detallada. Doña Amelia y Julia acaban de abrir un negocio de arreglos de ropa, alta confección y, lo más importante, una pequeña academia de costura.
Sara recuerda, desde su asiento del avión, la tarde que llegó a aquel lugar, unos meses antes. Necesitaba ocupar su escaso tiempo libre, aprender a coser podría ser un buen remedio.
¿Quién hubiera podido decirle -se admira Sara- entonces que esas dos señoras iban a cambiar su vida para siempre?
Ella no fue la única que allí logró, amparada en la sororidad, recuperar el equilibrio vital perdido. Cinco fueron las mujeres que allí encontrarían el refugio y el apoyo necesarios. Sus historias no son extraordinarias, menos lo son las soluciones que se encontraron para ellas, todas nadando en inverosimilitud. Las más extensas, la de Sara y la de doña Amelia.
Ese es el contenido de la novela. La trama se va fraguando con giros imprevistos, algunos demasiado forzados. Lucía Chacón nos adentra en un argumento un tanto deslavazado. Ideas que se repiten sin necesidad, como si la precipitación en la escritura, o en la edición, se hubiera saltado un conveniente repaso más, una corrección más pormenorizada. Aparecen asuntos de relevancia en los que apenas se profundiza y se dejan ahí como hebras rotas, sencillamente podrían haberse evitado. No es un conjunto armónico.
La creación de personajes es quizás el segundo gran desengaño de Siete agujas de coser, los de esta novela están apenas moldeados, son planos y poco convincentes. Algunos se limitan a breves apuntes extraídos del tópico; otros, más desarrollados, presentan una evolución forzada, poco verosímil.
Demasiados clichés enturbian la novela, como el del marido que en los últimos años de matrimonio encargaba a su secretaria la flores para su esposa.
Saltan, en varias ocasiones, los sueños rotos de muchas mujeres, que habían vivido sometidas a los caprichos de la sociedad patriarcal. Pero se dibujan con poco corazón, parece como si no fueran dictados por un convencimiento pleno, sino por las exigencias del guion de los tiempos.