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Una casa llena de rencor viejo las anima al odio, a la venganza.

Carcoma -2021- Layla Martínez

Carcoma es una historia de venganzas. Las infamias nacidas en un pasado retirado y arrastradas hasta el presente, reclaman un desquite.

Por momentos sientes que los contenidos –tantos y tan apretados– se te escapan, porque surgen a borbotones, con un desorden medido. La precisión y la quietud  están reñidas con la mirada enfurecida, por la que ha optado Layla Martínez.

Una nieta y su abuela, dos voces narrativas en primera persona, se alternan en los diez capítulos de la novela. Nos hablan de las circunstancias de tiranía en las que han tenido que manejarse su parentela femenina (los maridos morían pronto). Un contexto localizado en la España de los último ochenta o noventa años, y quizás más atrás y más lejos.

Las dos mujeres se encuentran cosidas con hilo de rabia a la bisabuela. El trío comparte algo, que guardan en lo más hondo, una podredumbre de inquina que las empuja a la venganza: la carcoma del título es una metáfora de eso. En esta familia más que objetos preciados se hereda el resentimiento.

La casa que han habitado almacena el odio preciso para mantener vivo su rencor, lo alimenta. Este hogar infame fue construido por el bisabuelo, servil con los poderosos, que ganó su dinero engañando a mujeres, a las que prostituía. A la bisabuela no la entregó a otros hombres, solo se atrevió al maltrato; la condenó a vivir allí como en una prisión.

La edificación destila dolor e injusticia, hasta allí los acarrearon las sombras que la habitan. Son las sombras de los que sufrieron los paseos durante la guerra, de los que huyeron al monte y murieron abatidos, de los desfavorecidos que mataban aquellos territorios improductivos.

“Cuando crucé el umbral, la casa se abalanzó sobre mí.” El viejo edificio es como un animal amarrado, se estira, se encoge; te agarra, te aprisiona, te remueve. 

Desde este arranque poderoso también la novela arremete contra nosotros, nos rompe esquemas tradicionales de fondo y de forma; nos interpela sobre los temas que trata.

Lo que busca Layla Martínez es gritar una cólera que arrastran mujeres y hombres de este país (y de otros), por hechos que ella no ha vivido, aunque sí ha recibido su legado.

Un relato con el hilo cronológico roto, que aquí sugiere estancamiento, porque poco hemos cambiado en lo profundo durante ese tiempo. Es como agua en una palangana, la removemos, pasa de un lado a otro, pero es la misma agua sucia.

La novela presenta una guerra que no fue buena para nadie, que solo parió dolor y más dolor. Los poderosos, perpetuados, que continúan sus manejos, hechos de avaricia.  Las esperanzas sociales que se han desmoronado, hoy solo tenemos esqueletos o cuerpecillos moribundos que las recuerdan.  No se agota ahí la temática.

La localización está acotada al pequeño pueblo donde viven, agrisado, hipócrita, estrecho de miras. Los vecinos hacen patente su animadversión hacia la casa y sus mujeres, pero no dudan en recurrir a ellas cuando necesitan algún conjuro. Este clan han aprendido a vivir en los márgenes de la sociedad para sobrevivir, han sabido ver lo más recóndito penetrar en los secretos de la naturaleza, ver más allá en el tiempo.

La autora elige el realismo para plasmar algunos de los contenidos, copia los duros acontecimientos con toda la crudeza que albergaron. En otros momentos, sobre todo cuando se trata de mostrar la casa,  prefiere robar imágenes al género del terror con ruidos, apariciones, contactos míticos. Recurre al  realismo mágico y así busca mostrar que detrás de lo aparente siempre se cobija un mundo de supuesta fantasía, pero tan verdadero como aquel.

Layla Martínez franquea el paso a lo irracional en su novela.

El texto se acerca a la oralidad, caen algunos vulgarismos, hay interpelaciones directas al auditorio que somos nosotros. Faltan comas porque, imitando la lengua hablada, el texto se precipita, se apresura rompiendo la norma; es como cuando la boca se nos llena de palabras y quieren salir todas a la vez. Amparada en ese lenguaje hablado, Layla Martínez lanza comentarios que no se explica, que son como las hilachas verbales que dejamos caer en nuestras conversaciones.

La nieta intenta entrar en el círculo de los que pueden elegir el destino, pero una fuerza centrífuga la aleja. Ella está en la vorágine de odio que la  vincula con las otras dos. A la vez nos recuerda a muchas mujeres que no han podido romper las barreras impuestas por la tradición.

Tempranas anticipaciones en el texto nos anuncian que algo grave pasó. Esto mantiene en alto la narración, por momentos irónica, y hasta cínica, con puntaditas de humor. Periodistas buitres de televisiones mañaneras que interrogan a los paisanos, visitas de la nieta al juez, interrogatorios de la Guardia Civil… En un desorden calculado se van sembrando estas briznas que culminarán el círculo de odio al final.

Hilos todos muy diferentes, solo en apariencia; todo está relacionado. Al final van conformando un tejido homogéneo que une la debacle de la guerra, la dictadura, el lugar tangencial de la mujer, las escasas oportunidades para los más desfavorecidos, el poder del dinero y la cuna… Unas circunstancias dependen de las otras. Todo las arrastra a la venganza.

La autora pelea por crear en sus lectores una comunidad que tome conciencia de esos males del pasado, que no se agotan en el ayer, que llegan hasta el ahora.  Nos aloja entre sus páginas y nos da el consuelo de la ficción, sabes que la escritura es un buen recurso para las denuncia.

Es un libro sobre mujeres escrito por una mujer. Se reconocen escritoras hispanoamericanas detrás de la intención de Layla Martínez, admitido por ella misma. Como ella María Fernanda Ampuero, María Luisa Bombal, entre otras. Ellas también escogen el camino de la literatura para la denuncia. 

La escritura de Layla Martínez rezuma una rabia alimentada en una realidad dolorosa, para ella y para muchos.

 

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