Coloquio de invierno -2026- Luis Landero
Asomados a la vida corriente, nueve personajes relatan amores casi siempre agrisados, con un punto de malogro. Refieren también la fantasía que habita nuestra realidad o el azar que amaña la existencia.
Nos instala Landero al lado del escritor, junto a su mesa de trabajo, empuñando palabras para formar realidades. Le vemos meter las manos en la literatura que le ha precedido, porque de ella bebe. Se asoma al balcón para narrar lo que sucede en las aceras.
“-Sin ponernos de acuerdo, todas las historias que hemos contado, sean o no de amor, tratan de lo mismo -dice Santos-, de la entrecana zona media y de cómo la vida está hecha de momentos, momentos creativos y momentos en que, de pronto, todo lo que se había logrado con tanta ilusión y tanto esfuerzo se desbarata en un instante.”
En este fragmento, casi al final del libro, el propio autor extracta los contenidos de la novela: relatos de vida corriente, hecha de instantes que perdieron la luz prometida o de instantes que crecieron después con un brillo inusual.
Esta novela se abre con “8 de enero de 2021 […]”. Esta fecha nos traslada hasta la tormenta Filomena.
Siete personajes han visto interrumpido su viaje por ese temporal y se han refugiado en un hotelito de montaña, regentado por un matrimonio mayor. Como si nos encontráramos frente a un escenario teatral, cuando comienza la novela, tenemos frente a nosotros una sala, la pareja propietaria en una mesa más pequeña y los viajeros alrededor de otra mayor, ocupada aún con los restos de la cena: “Fatigados por el aburrimiento, perdida la vista tras las ventanas […]”. Fuera la nieve cae abundante. Callan y el silencio se adueña del espacio.
Mientras comían se han presentado y han conversado sobre todo lo que se supone que unos desconocidos pueden comentar.
Han referido la manera tan sofisticada que tiene el destino de jugar con las personas. Las circunstancias que les atraviesan son un ejemplo, esa borrasca de nieve que, según los expertos, tuvo su origen unos pocos días atrás en Estados Unidos, ahora los tiene a ellos ahí retenidos.
Queda así anclado desde el principio un tema recurrente en el libro: el azar; lo inesperado, conduciendo nuestras vidas, cuyos rumbos se pueden desbaratar como un terrón de barro seco.
Los teléfonos móviles se han quedado fuera de cobertura. Para matar el tiempo solo les va a quedar imitar tiempos pretéritos, entretenerse hablando. Santos, uno de los viajeros, propone que se cuenten historias entre ellos, la que quiera cada uno.
Todos tenemos algo que contar, eso flota en la obra. De ahí que esté compuesta con las narraciones más diversas; extensas, inventadas, vividas, fugaces, divertidas, tristes, turbadoras, deslumbrantes, sorprendentes.
Nos gusta, nos abriga, que nos cuenten, y contar. A veces hasta que no verbalizamos una experiencia no la sentimos como vivida. “Vivir es vivir más contar.” Eso dice uno de los personajes. Y dice también que nos contamos nuestro pasado cuando recordamos o cuando soñamos, entonces de una manera más “estrafalaria”.
El grupo necesita determinar criterios para establecer qué tipo de historias se van a contar. Son criterios que el propio Landero parece haberse planteado al concebir su obra. Va a incluir relatos más estructurados, más amplios y clásicos, con personajes, trama, conflicto, tensión dramática; relatos que son apenas impresiones, como reflejos en aguas que se mueven. Todos alimentados de la materia del vivir de cada día. Siempre hay que confiar en las palabras. “He ahí el poder que tienen las palabras para crear realidades donde no las hay, realidades ficticias, sí, pero que, cuando fraguan, suplantan en fuerza y convicción a la realidad misma.”
Lo narrado puede resultar extraño porque copian una realidad que lo es aún más. Nos movemos en la novela “la entrecana zona media” la vida es rara, escuchamos las ilusiones que se rompen y dejan caer los pedazos a tierra.
Palpamos al Landero escritor, sabe entrar con su talento creativo y humano hasta el último rincón del sentimiento, sabe captar con su finura de mago fabulador los gestos cercanos, las menudencias que tejen el armazón de la vida minúscula, que dista tanto de esa otra vida, tan ajena, que cosen en sus bastidores los que nos deciden, desde allá en lo alto, una especie de cúpula que nos envuelve, nos aprieta y nos obliga. Landero aquí, a veces, se ha adentrado por vericuetos narrativos más plomizos y hasta tópicos.
Engarza las historias que relatan los viajeros y sus anfitriones con conversaciones llenas de opiniones y comentarios, que dibujan a estos personajes. Él las engloba en lo que llama Glosas. Son transiciones que separan las historias más extensas, rompe así la monotonía, es como si en un collar de perlas se intercalan otras pequeñas piedras.
Una historia relata apenas unos minutos de existencia, pero contar con una larga extensión escrita. Son dos mundos paralelos, el de las palabras y el de los hechos, que Landero sabe acomodar. Todo lo narrado arrastra la personalidad de los que refieren los hechos. Landero va dejando tras de sí piedrecitas de teoría que hallan su reflejo en todos los recovecos de la novela.
En algún momento el que relata detiene su narración porque “a las historias les gustan los suspenses”. Ahí detrás surge el homenaje a Don Quijote, el final del capítulo VIII de la primera parte, cuando el combate entre el vizcaíno y el caballero queda en suspenso porque Cervantes finge que el autor original de la historia dejó los documentos incompletos en ese punto.
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Coloquio de invierno ha conciliado vida y literatura.