Han cantado bingo -2025- Lana Corujo
La voz protagonista hilvana breves fragmentos desordenados en el tiempo, se trata del recorrido de una vida que se quebró un día y que hubo que recomponer.
Lana Corujo explora los efectos devastadores de un duelo y su superación.
La novela abraza retazos de una existencia, estampas y recuerdos; se despliegan alterados en su cronología, porque así relatamos lo vivido, rompiendo la línea temporal, las experiencias se nos vienen descosidas del calendario.
Muy pronto surgen las anticipaciones que nos alertan de una historia sobrecogedora entre las páginas. La tensión narrativa va creciendo con todas ellas. Una historia de dolor que los arañó a todos –que raspa también a los que leen–. Poco a poco se resquebraja la corteza que escondía lo que sucedió aquella noche, la honda aflicción que dejó y lo que llevó hasta allí. No se ensaña Lana Corujo con el morbo de los detalles escabrosos, pasa por encima sin ruido. Le interesa más observar las esquinas del dolor callado, quizás mal gestionado.
La infancia de dos hermanas, solo se llevan dos años; una relación que desbarata el mito de la felicidad en los niños, ellos sufren. Están muy unidas, pero también en ocasiones brotan unos inocentes celos en la mayor por el trato –siente ella– de favor que recibe la otra. Ahoga su rabia chiquita con desaires a la pequeña, aunque el cariño termina siempre atándolas. Los mayores no están a la altura. Se quieren como dos perrillos abandonados.
Los mundos de los adultos y las menores son como burbujas que flotan en el mismo espacio sin tocarse.
Sus padres las descuidan un poco, se alejan por momentos del papel protector que se les presupone. Son como adolescentes crecidos, que no están preparados para la responsabilidad del progenitor. El apego es mayor con la abuela.
Cada personaje tiene sus flaquezas, esto los hace mucho más cercanos.
Así se yergue la “cara b” de la infancia y de la familia. Ni una ni otra presentan los rasgos felices, de armonía, calma o refugio, que sería la “cara a”.
El volcán El ahorcado se eleva en las inmediaciones de la casa de la abuela, es un personaje más, representa una bisagra entre los mundos de las niñas y de los mayores. Ellas juegan con él, las noches que la abuela juega al bingo con las vecinas. Eso las libera del manto de realidad de los adultos, ahí se ubica su propio mundo, lleno de fantasía, ahí encuentran protección para la vida y para la muerte.
El Lanzarote que aquí leemos, donde se ubican los hechos, representa también la “cara b” de la isla, siempre dibujada para los de fuera con imagen de postal. Junto al espacio paradisíaco, se desarrolla la vida real, a veces muy cruda.
“Voy a crear lo que me sucedió”, una cita al inicio de la novela, de Clarice Lispector, es reveladora. Esta novela indaga en el recuerdo, en su naturaleza, ¿es posible recuperar lo que se llevó el tiempo? Cuando uno piensa en el ayer tiene pocas seguridades de estar viendo lo que en realidad aconteció. Eso quedó allí, ahogado en olvidos y en deseos de olvidar. Lo que queda de lo que se vivió poco tiene que ver con lo vivido. Lana Corujo escribe: “Lo que no se puede llegar a recordar se olvida o se inventa”.
Clarice Lispector nos da con estas palabras una respuesta a qué es la ficción. El escritor -lo que siente, lo que vive- siempre está en el relato, aunque no sea autoficción. Da igual sobre qué escriba siempre estará su yo reflejado en el papel.
Lana Corujo es ilustradora y seguro que tiene que ver en su novedosa concepción, el elemento visual tiene mucho peso y complementa la significación del propio texto. Los interlocutores en los diálogos no se identifican con guiones, sino con símbolos peculiares que los identifican. Palabras destacadas, alguna frase entera, con todas las letras en mayúsculas, dibujos intercalados. Capítulos cortos, cortísimos a veces, que van dejando mucho espacio en blanco en las páginas, ¿no los rellenamos nosotros al leer?; títulos en negrita con inicial en minúscula, ¿no se carga de continuidad el relato con este hecho?; los números que los acompañan no son correlativos, la propia autora nos dice que son diferentes edades de la protagonista, quince como los guarismos de un cartón de bingo.
Nos movemos entre vivencias, que van desde los dos hasta los noventa años del personaje principal. De determinadas edades hay muchos apuntes, de otras apenas uno o dos. Los doce son un momento clave, lo escrito pivota antes y después de este momento, cuando la culpa se hinca en la niña; los veintiocho son clave también porque en ese momento esa culpa suaviza su agudo clavo; en los veintidós se instala el anuncio de cambios. Nunca vamos a superar una pérdida, pero tenemos que aprender a buscarle un hueco en nuestra vida para que se asiente ahí tranquila.
Revela un lenguaje lleno de poesía con imágenes sugerentes y poderosas. Desfilan hechos, pero también emociones, y Lana Corujo no se arredra ante la dificultad de expresar lo menos tangible. Recurre a todos los instrumentos que pueden resultarle útiles como esa parte visual, pero también a un vocabulario repleto de localismos que marcan fronteras, que la acercan a sus raíces. Usa la fantasía del lenguaje infantil y el apoyo de la otra realidad, cuando personifica el volcán o al crear la herencia, que nada tiene que ver con bienes materiales, sino con lo telúrico. Con el sentimiento.
Un fuerte contraste entre la belleza formal y la suavidad expresiva con la rudeza de los contenidos.
Esta novela remueve los cimientos de la narrativa más tradicional, no es de fácil lectura porque requiere un lector activo, y los lectores a veces sienten deseo de ser pasivos. Capas y capas se amontonan en la obra y hay que ir despegando con cuidado una a una. Alguna te interpela más.