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La vida contada poLa muerte contada por un sapiens a un neandertal, ensayo, Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga

La muerte contada por un sapiens a un neandertal -2022- Juan Luis Arsuaga y Juan José Millás

En el capítulo cero, titulado Carpe diem, se cuenta que en mitad de una cena, durante la gira promocional del primer libro que escribieron juntos, Arsuaga, armado con una aplicación de móvil, le preguntaba a Millás si le interesaría conocer el tiempo que le restaba de vida.

Viendo que quedaba suficiente vino en la botella, el escritor aceptó. Doce años y tres meses. Era el pronóstico. Ninguna inquietud, bien aprovechados todavía podría hacer muchas cosas.

Un tono desenfadado para un libro que pretende rastrear la causa del envejecimiento y de la muerte, por qué ocurren.

Dos personajes, Millás y Arsuaga, un paleontólogo vitalista y un escritor desvitalizado, como dice el propio texto. Porque, en realidad, los protagonistas no son Juan Luis Arsuaga y Juan José Millás, simplemente se inspiran en ellos.

El machacado Nissan Juke del científico sirve de vehículo en este viaje, moral, según declaraba Millás. Un recorrido peculiar desde Faunia, en el zoo de Madrid, hasta un desguace de coches, una consulta veterinaria, distintos espacios naturales, restaurantes, gimnasios, la consulta de un conocido cardiólogo, el museo de Ciencias Naturales, un laboratorio universitario, incluso un vertedero.

En tan distintos ambientes, se van fijando distintas teorías, datos, certitudes y dudas sobre la vejez y la muerte.

Cuando Arsuaga profetizaba sobre el momento de la muerte de su compañero y enumeraba las causas posibles más comunes, concluía: “En resumen, a tu edad uno se muere de viejo”.

El texto acerca dos conceptos muy próximos, “muerte” y “vejez”. Aunque a veces la muerte nos sorprenda y se una, de manera incomprensible, a edades tempranas.  

La senectud solo existe entre los humanos y, últimamente, entre los animales domésticos y los salvajes que viven en los zoos. Los cuidados médicos y veterinarios han podido subvertir la norma de la naturaleza, donde solo existen dos alternativas: plenitud o muerte, no existen la vejez ni la decrepitud.

No sé si alargar nuestra vida es un favor que tengamos que agradecer, la inmortalidad lastraría la existencia como una condena. Los sinsentidos de la vida serían insufribles si esta fuera eterna.

La dualidad planea entre estas páginas. La visión del científico, citando a Lucrecio “[…] no somos más que átomos en un movimiento producto del azar.” Y luego va más allá: “Hemos surgido por azar en un universo indiferente, un universo que ni siquiera es cruel u hostil. Es mucho peor que eso: es indiferente.” Está después la visión del que cree, o del que necesita creer, que todo está regido por un sentido “porque la naturaleza es sabia.”

Millás no niega que seamos átomos chocando al azar, pero dice que esa creencia no es incompatible con tratar de encontrar explicación a lo que nos rodea, por ese camino Arsuaga lo acerca a Kropotkin que defiende la cooperación y el altruismo en la naturaleza.

En realidad las dos visiones se traban muchas veces.   

Esta lectura se acerca a la muerte desde la biología, situándose fuera, en el análisis. Aunque también se aproximan a ella desde la tragedia que supone, como en la visita al desguace, cuando Millás se detiene a mirar el interior de alguno de aquellos coches inservibles: pañuelos de papel usados, ositos de peluche, bolsas de gominolas o paquetes de tabaco arrugados, junto a manchas obscuras, que podrían ser de sangre seca. Ahí retumba la muerte, esa muerte que cuelga de la vida.

Darwin enunció leyes en Biología, pero lo inexplicable existe, como la muerte de su hija pequeña.

Necesitamos darle un sentido a lo que nos rodea, pero un epicúreo como Arsuaga dice que nada tiene sentido, solo la búsqueda de placer.

Las negativas de la ciencia empujan a la especulación, que dará como fruto avanzar. “Te han regalado la consciencia, que es uno de los productos más raros de la evolución. No hay más. Procura que no te manipulen y ya.” Le dice Arsuaga a Millás.

Y nos deja reflexionando.

En sus explicaciones el paleontólogo se refiere en una ocasión al mimetismo de animales y plantas en la naturaleza, como método defensivo. Millás lo percibe cercano a la humillación. Recuerda un artículo sobre la materia que leyó joven “donde se decía que algunos gusanos adoptaban la forma de un excremento de pájaro para evitar que esos mismos pájaros los devorasen. Me pregunté entonces, y me pregunto ahora, si vale la pena conservar la vida a cambio de parecer una mierda. Mantengo hacia el mimetismo una actitud ambivalente.Millás y sus afilados comentarios.

Arsuaga le pregunta si ya se va haciendo una idea de lo que es la vejez. Millás le responde que es un país. El otro quiere saber si es amable: “No estoy seguro. Aún soy un extranjero en él.”

Igual que nadie podrá nunca verse dormido, nadie se ve habitante de ese país. Los otros sí han envejecido, tú jamás. Estaría bien burlar el tiempo que huye, cuando se es mayor, saboreando una actividad elegida. Todavía como al olmo de Machado nos pueden salir hojas verdes.

Vivir supone caminar por una estrecha alfombra que alguien va enrollando detrás de nosotros cada vez más deprisa. No podemos derrochar ni un segundo. El tiempo nos maneja. Anotas algo, tienes algo, compras algo, crees que nunca lo olvidarás, pero sí lo olvidas.

No busques respuestas precisas en este libro, porque no las hay. en realidad no existen. Solo invita a vivir.

La definición de envejecimiento más precisa de la que disponemos por ahora es la de la probabilidad que tiene una persona (tú mismo, yo, cualquiera) de morir en el año en curso y no cumplir otro.” Así se pronuncia Arsuaga.

 

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