El cielo llora por mí (2009) - Sergio Ramírez
Una trama policiaca y una gran novela social.
He vuelto a Managua con esta novela. Visité Nicaragua en 2013, los recuerdos se mantenían dormidos y esta lectura los ha reavivado. Ahora he disfrutado de un viaje íntimo contra el olvido.
"Bajo la urdimbre de las mantas publicitarias que se entrecruzaban sobre la pista, y que las manos subrepticias de los menesterosos descolgaban de noche porque bien servían de cobija, [...]."
El texto alude a una estampa peculiar de la ciudad, las enormes pancartas que atravesaban las avenidas, sujetas a altos postes, con eslóganes publicitarios o institucionales. Eran de un material parecido a lona impermeabilizada, no era raro, por tanto, que las usaran los indigentes para taparse del frío nocturno. No debían ser muchos los que se dedicaran a mirar hacia lo alto para descifrar los contenidos escritos, la gente vivía mirando al suelo.
Son muchos los fragmentos que repasan en la novela el paisaje capitalino. Managua está a medio hacer. Al caminarla se siente la desazón de la falta de armonía. Junto a edificaciones ostentosas brotan centros comerciales y restaurantes básicos en su diseño y construcción. Vecino a esto es fácil encontrar parcelas devoradas por la vegetación y el abandono. No falta algún jardín modesto, pero cuidado con mimo. Descomunales rotondas de reciente creación articulan las grandes vías de comunicación, aún sin demasiadas edificaciones. En muchos casos el protagonismo era el de las obras en la calzada, interrumpidas por frecuentes aguaceros.
En las zonas más privilegiadas casas pretenciosas, bien protegidas con rejas y alambre de espino electrificado. Todas con diseño ramplón. La seguridad privada en cada esquina y un pavimento y acerado en un estado lamentable. Te sorprendían a cada paso los excesivos manojos de cables que colgaban de postes sobrevolando por encima de los transeúntes, casi al alcance de la mano.
Se descubrían locales de comidas y bebidas de lo más variopinto, algunos enormes, a medias entre mesones y cantinas, con música atronadora, sólido mobiliario de pesada madera o ligeras mesas y sillas de plástico; con plexiglás para proteger de las lluvias intempestivas. Y todo con cierto aire de abandono en el mantenimiento.
Las viviendas de territorios más pobres eran habitáculos rayanos en chabolas. Los puestos de venta de distintos artilugios y comidas pintaban una nota más del panorama urbano. Y todo envuelto en el estruendo de un tráfico temerario de camiones, carromatos, autobuses destartalados, taxis, camionetas, ocasionales automóviles de alta gama…
Sergio Ramírez ha elegido este marco para localizar una trama policiaca, que tiene también mucho de novela social, pues es cierto que el autor centroamericano no se conforma con mostrarnos el caso delictivo. En el relato del autor nicaragüense además de ver esta Managua exterior, accedemos a distintos interiores que nos dibujan una precariedad generalizada, que se extiende a los medios utilizados por la policía. Podemos entrar también en distintos domicilios, desde los más comunes a los más ricos, que son en este caso concreto los de los acaudalados delincuentes: fastuosos y chabacanos.
En esta novela se muestra una radiografía de los nicaragüenses. Tanto los policías como los malhechores habían militado en guerrilla anti Somoza. Todos buscaban en aquella lucha una nación más justa, muchos siguen en ello; otros cayeron del lado de la criminalidad. los dirigentes políticos surgieron también de esa base ideológica, que ahora parecían haber olvidado. Denuncia el autor los conflictos sociales enconados, las aparatosas celebraciones de inauguraciones o los actos religiosos. Sorprende que este país tenga ahora este acentuado apego a la religión teñido muchas de las veces con la superstición.
Conocemos Managua a bordo del baqueteado Lada del inspector Morales, miembro de la División de Drogas. Dolores Morales –cuya prótesis de pierna no le resta efectividad en su tarea- desempeña sus funciones en Managua; su colega Lord Dixon, es subinspector en Bluefields, enclave urbano en la costa atlántica. Dicho sea de paso, para volar desde allí a la capital por asuntos de trabajo tiene que pedirle préstamos a su tía, porque los presupuestos de la policía no alcanzan para su billete. El jefe de ambos es el habilidoso Comisionado Umanzor Selva. Junto a ellos las pesquisas las completan doña Sofía y Fanny, que conforman elementos más de vodevil que de trama negra. Entre todos consiguen deshacer el programa de narcoturismo que se habían montado los capos colombianos, quienes ayudados por delincuentes autóctonos, buscan ocultar por un tiempo a narcotraficantes con algún problema judicial. Los investigadores se saben humildes, ellos indagan, descubren y la DEA estadounidense se lleva los méritos. Morales se indigna contra la prepotencia del poderoso vecino del norte, que incluso se va apoderando de la lengua de su país, cada vez más invadida de americanismos.
Una intriga muy bien trazada en definitiva. Y un cuerpo de policía que lucha contra poderosos capos de la droga con menos medios que estos.
David contra Goliat. Puede que no venza David, pero tampoco vencerá Goliat.