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Una ventana a la Cuba de los últimos setenta años.

Morir en la arena -2025- Leonardo Padura

Leonardo Padura va mondando lento, como si fuera una naranja, lo que fue su generación. Poco a poco se revelan ante nosotros, afinadas, las particularidades de esos tiempos, de esos jóvenes, cubanos.

Padura ajusta cuentas consigo mismo y con su patria.

Un parricidio, impregnado de esa coyuntura, impulsa esta escritura.

Una reflexión y una mirada sobre este grupo de jóvenes, amamantado en el movimiento castrista, que creció en el anhelo de que su esfuerzo se vería recompensado. Pronto comprenderían que la nave de sus esperanzas hacía agua.

Ahora les ha llegado el momento de la jubilación, y ante sí cuentan solo con una canija pensión; apenas les da para sobrevivir. Se sienten  en el abandono. Algunos subsisten con los envíos de los familiares que se fueron de la isla, otros trabajan en lo que pueden, hurgan en las pobres basuras o mendigan.

Una rabia espesa, como barro caliente, inunda la novela desde este comienzo:

“—Me cago en...

Reaccionó como si hubiera recibido el impacto de una descarga eléctrica cuando sintió cómo su pie derecho se deslizaba sobre una masa blanda que, aun sin poder distinguirla, no tuvo dudas en identificar. Pero no consiguió terminar la frase porque en ese instante se descubrió incapaz de decidir en qué o en quién cagarse, entre las muchas posibilidades a su disposición, acumuladas a lo largo de tantas experiencias vividas que, en su mayoría y con bastante razón, podría considerar merecedoras del improperio.”

Hay un motor narrativo que ayuda a desplegar la crónica de esa tajada de jóvenes desencantados: un parricidio, en absoluto ajeno a esa misma situación vital de desengaño.

No es un relato lineal, nos movemos entre el pasado y el presente. Al principio, como si fuera una pieza teatral, dos personajes aparecen Rodolfo y Nora, son vecinos y cuñados. El hombre acaba de llegar a casa después de su último día de trabajo, ella tiene que anunciarle que, después de treinta años, van a excarcelar a su hermano, a GeniFumero, amigo de la casa, se lo ha dicho esa misma mañana.

Los cuatro pertenecen al grupo de infelices que estudiaron y trabajaron duro, que obedecieron las consignas y se sacrificaron porque confiaban en un futuro mejor; hasta llegaron a ir a la guerra de Angola. Pero descubrieron cada uno a su tiempo que el régimen revolucionario sufría grietas.

Como motas que se van pegando a una superficie pringosa, van  cayendo pormenores del crimen, haciendo una trenza con el relato de la desilusión de todos aquellos jóvenes que habían ido del sueño a la congoja, creciendo, tropezando en el miedo a la protesta, y formando (o mal formando) una familia; que andaban ahora por los setenta.

En la época de estudiantes Rodolfo y Nora vivieron una historia de amor, que se truncó. Luego distintas circunstancias unieron a la chica con Geni y a Rodolfo con otra joven. Todos vivían en la parcela familiar, en casas distintas, separadas por un murete que se transformará en un símbolo –hay muchos en la novela– de cambio al final del libro. La pareja de Rodolfo se disolvió pronto, cuando ella lo abandonó y lo dejo con su hija Aitana. Violeta fue la hija de los otros dos, un matrimonio con altibajos.

Las vidas de todos agarrarían un rumbo nuevo después de que el 22 de marzo de 1992 Geni golpeara la cabeza de su padre varias veces con un martillo. Este año es también un símbolo, el inicio de tiempos difíciles para todos, “periodo especial” (así lo nombraban allí), tras la caída del muro de Berlín vino el corte de la cooperación soviética.

El relato en primera persona del escritor del grupo, Fumero, nos acercará a la terrible muerte, aunque nunca tendremos todos los detalles. Poco importan los pormenores, lo que interesa es todo lo que este autor –que tiene mucho de Padura– cuenta de sí mismo y de sus entornos. Fumero conocía a Geni desde la edad escolar, por tanto va muy atrás en su relato. Será el único que lo visite en prisión, pero nunca le sacará una confesión.

Un narrador omnisciente nos trae al papel el pasado y el presente de Rodolfo y Nora, y pegados a ellos mucho de aquella Cuba y de esta.

En los hermanos resuena lejano el mito de Caín y Abel, pero aquí no hay uno malo y uno bueno; aquí la vida ha hecho a cada uno cómo es. Geni no es un monstruo, las circunstancias que vivió lo hicieron así.

La lucidez de Padura llega hasta el fondo de aquella guerra de Angola que, como su personaje Rodolfo, él mismo padeció. Se adentra en la caída del comunismo de la Unión Soviética, en sus consecuencias en la isla. Lleva a Geni hasta la Alemania del Este para subrayar cada momento de un trabajador cubano enfrentado a la caída del muro… Padura no se deja nada atrás en su escrito, ha decidido vaciarse todo. Es mordaz con el mundo de la literatura al que pertenece, con el ambiente cultural isleño.

Los personajes, extraordinarios, los ha arrancado Padura de su realidad. Seguro que todos tienen un doble que se mueve por el mundo.

Los apagones eléctricos que sufren simbolizan la atmósfera cerrada y oscura a la que nos somete la lectura: una isla sin salida.

Pero la vida sigue cabalgando y muchos descendientes de la generación de los cincuenta alcanzaron la orilla y pudieron seguir con las risas de sus predecesores, las que muestran la foto de la portada. Una corriente redentora hecha de mar, de amor renacido, de sol, de desinhibición, de religión tradicional yoruba, de miedo enterrado…

Es esta una ficción de la que la realidad se ha adueñado.

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